La sardina europea o sardina común (Sardina pilchardus) es un pescado azul de la familia de los clupeidos, estrechamente emparentado con las anchoas y los arenques.
El cuerpo de la sardina es alargado y redondeado, de color verde pardo por arriba y blanco plateado en el vientre, con una línea azulada en los lados. Puede vivir hasta 8 años y alcanzar unos 25 cm, siendo las de razas de aguas frías las más grandes y longevas. Es una especie pelágica (que vive en zonas alejadas de la costa) que habita sobre la plataforma oceánica, acercándose más a la costa en la época de reproducción (primavera): en invierno nada en zonas cercanas al talud continental, frías y profundas (nadan a unos 150 m. de fondo.).
La sardina se alimenta de plancton, que filtra por medio de sus branquiespinas: a veces se coloca frente a la corriente y va haciendo pasar el agua hasta las branquias; otras, lo hace nadando enérgicamente. Las sardinas se reúnen en grandes bancos (o cardúmenes) y realizan importantes desplazamientos, y sólo suelen dispersarse cuando se alimentan. Los huevos permanecen formando parte del plancton una o dos semanas (depende de la temperatura). Cada hembra pone entre 50.000 y 60.000 huevos.
En el pasado se describieron importantes migraciones que hoy no se producen; se pensaba que las sardinas nacidas en el Cantábrico buscaban aguas frías, llegando hasta las costas francesas y el Canal de la Mancha, volviendo a reproducirse al Cantábrico. Hoy se sabe que las sardinas van apareciendo en superficie (ascendiendo desde aguas más profundas) en función del calentamiento de agua, comenzando por el sur del Golfo de Vizcaya (Cantábrico), costas francesas hacia el Norte y, finalmente, en verano en el sur de las Islas Británicas, dando la sensación de una migración de Sur a Norte.
A nivel culinario, a pesar de su intenso sabor, la sardina es uno de los pescados que menos se suele cocinar en casa debido a su fuerte olor: por eso se reserva siempre para barbacoas al aire libre o para muy contadas ocasiones.
Como la mayoría de los pescados azules, la sardina aporta casi 10 gramos de grasa por cada 100 gramos de carne, y es fuente importante de omega-3, lo que ayuda a disminuir los niveles de colesterol y de triglicéridos. Otro aspecto a destacar en su composición es el alto contenido en proteínas. Respecto a las vitaminas que posee, se destaca su contenido en vitaminas del grupo B, como la B12 o la B1 o Niacina, además de vitaminas liposolubles como son la A, la D y la E. Las sardinas también son ricas en minerales como fósforo, magnesio, potasio, hierro, zinc y yodo.
Las sardinas de lata presentan un contenido de calcio muy importante, porque se consumen con la espina. En concreto, aportan unos 314 miligramos de calcio por cada 100 gramos. Pese a todas estas ventajas, la sardina no debe ser consumida por quienes padecen hiperuricemia o gota debido a su contenido en purinas, que en el organismo se transforman en acido úrico.